06 de febrero de 2015
Una de las ideas más difundidas en la actualidad es que vivimos una época de libertad sexual sin precedentes, con posibilidades de expresión erótica y sexual desconocidas para otras generaciones y otros pueblos. Pero la Historia nos dice otra cosa: que existieron culturas o civilizaciones en las que el cuerpo no estaba excluido de lo considerado socialmente valioso. Que la desnudez, la sensualidad y la sexualidad misma no se ocultaban compulsivamente, pues no eran motivo de vergüenza.
Incluso, la investigación histórica y antropológica ha dejado bien establecido que en muchas culturas, el cuerpo mismo tenía sus propias ocasiones solemnes, sus propios días de fiesta.
Una de esas actividades era la gimnasia, cuyo nombre se deriva de la palabra griega gimnós, que significa “desnudo”, y se refería a las actividades sociales que se realizaban así.
Esta forma tan característica de considerar al cuerpo no se extinguió con el antiguo mundo europeo, pues perduró a través de toda la Edad Media a pesar de la feroz ideología anticorporal que la Iglesia oficial fue imponiendo entre las masas: cuando menos para ciertas cosas, la desnudez y la sexualidad públicas estaban permitidas en un grado inconcebible para la persona promedio actual.
Esto nos hace ver que no somos los primeros que llegamos a aceptar nuestra naturaleza corporal, sexualidad incluida, sino que sólo tratamos de recuperar lo que ya era nuestro desde tiempo inmemorial.
Por lo que toca a nuestra raíz americana, prehispánica, las cosas no eran diferentes, como lo ilustra el siguiente dato: no todos los habitantes de Puebla y sus alrededores saben que el famoso mural de “Los Bebedores de Pulque” de la pirámide de Cholula, contiene escenas de sexo explícito. Esto se debe a que los hacedores de la Historia oficial se han encargado de desaparecer sistemáticamente los hechos que no concuerdan con su particular ideología.
Todo esto viene a cuento porque en estas fechas se celebra el Carnaval, al que se le han querido dar toda clase de explicaciones, algunas muy extrañas cuando, al menos así me parece, no es otra cosa que una celebración del cuerpo, una fiesta de la carne, como seguramente lo fue en su origen, antes de ser “espiritualizado” por las nuevas concepciones dominantes.
Así parecen demostrarlo Carnavales como el de Río de Janeiro, Nueva Orleans o incluso Veracruz, que van más allá de un simple espectáculo, pues son fiestas a las que se unen los que iban como espectadores para disfrutar, literalmente sin tapujos, de sus propios cuerpos y –cuando menos la vista de- los ajenos.
Siempre es provechoso hacer un poco de arqueología del saber, pues nos explica gustos y tendencias que, entendidas como naturales en los albores de la humanidad, fueron después distorsionadas por los fanáticos del ocultamiento y la culpa, así que vivan el Carnaval y su incoercible desnudez –parcial o total-, que no tienen otro significado que el gusto de hacerlo.
*Imagen (http://fotos.starmedia.com/)
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.