La privacidad de las comunicaciones personales
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-La Historia Jamás Contada-

09 de abril de 2016

De un tiempo a la fecha se debate entre legisladores sobre cuán privadas –esto es, inexpugnables- DEBEN ser las comunicaciones personales por medios electrónicos. Claro, siempre dentro de los cánones del cretinismo parlamentario, como gráfica y acertadamente describían hace medio siglo los estudiantes italianos en rebeldía el “quehacer” (¿?) de tales funcionarios.

Y es que, como no puede ser de otra manera dado su desconocimiento a fondo y detallado del problema, optan por lo más cómodo: dejarlo en manos de otro Poder, sea el Ejecutivo, otorgándole mayor discrecionalidad para intervenir aquéllas o el Judicial, con la burocrática esperanza de que alguno lo resuelva o desaparezca por sí solo –su propia versión de “curación por la fe”-. Así que, en el mejor de los casos, todo queda igual, incluso el espionaje político de los disidentes, únicos a quienes, aparentemente, el Gobierno considera un peligro -¿”para México”? ¡Ja, ja, ja!-.

Pero las cosas no van por ahí, como lo comprobé personalmente en 1992, al llegarme inesperadamente una notificación de la vecina sucursal de Correros pidiéndome acudiera allí. “¡Qué raro! –pensé-, si no he solicitado nada por correo”. Picado por la curiosidad, me apersoné en el lugar mostrando el aviso al encargado, quien con visible preocupación me dijo: “Permítame un momento”, para reaparecer con un sobre manila toscamente ABIERTO. “Así nos llegó, ¿quiere usted revisarlo?”

Me lo enviaba una amiga con la que sostenía una correspondencia regular y contenía dos cartas y dos juegos de copias de sendos artículos de revista sobre temas de mutuo interés. Todo parecía en orden, por lo que no le di mayor importancia… Hasta pasados cinco meses, cuando ella vino a la Ciudad y me buscó por teléfono, preguntándome por qué había dejado de escribir. Le dije que no, que lo había hecho 5 veces, una por mes, como acostumbrábamos. Fue como me enteré que, comenzando por la del 26 de febrero, no le habían llegado más cartas mías.

Cuando nos reunimos esa tarde, acordamos que yo enviaría otras dos como señuelo, que también desaparecieron, confirmando que no se trataba de extravíos accidentales, sino que alguien estaba violando sistemáticamente nuestra correspondencia: ¿Quién podría ser y para qué? (Un detalle importante era que todas las había depositado yo en la Oficina Central de Correos local, tras adherirles los correspondientes timbres que compraba ahí mismo, desde donde también remitieron el sobre manila a la sucursal que me notificó.)

Eventualmente, tres años después, en un encuentro y plática casuales con un antiguo conocido que resultó tener muy buena memoria, obtuve un nombre, mismo que años después resultó ser de alguien conocido por un gran amigo mío, quien me aportó más datos personales del sujeto, al parecer Patriarca de su propia secta -destructiva- familiar y al que el año 2008 ya pude identificar como el autor de la sustracción y otras lindezas –como amenazas-. Posteriormente, hace apenas dos años, confirmé definitivamente esta hipótesis.

Por eso pregunto sin intención irónica alguna: ¿Cuenta el Gobierno con algún protocolo para dar con estos malintencionados husmeadores oficiosos –pues los suyos ya los conoce-? ¿O como en tantas otras manifestaciones de inseguridad, tendremos que arreglárnoslas los habitantes con nuestros propios medios –y suerte, desde luego-? “That’s the question”, más acá de las discusiones estériles de los políticos profesionales que atiborran las Cámaras.

 Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño, SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.

Imagen: i0.wp.com/en.support.files.wordpress.com

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