El extraño poder de la inteligencia: el descubrimiento de Neptuno.
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17 de marzo de 2015

- Athena: Lecturas para cerebros raros -

neptuno¡Díganos joven Bedolla la ley de la gravitación de Newton¡.

Con las piernas hechas gelatina, el barroso joven, con la frente perlada de sudor, se aclara la garganta y con voz apenas audible, recita: Dijo Newton que la materia atrae a la materia, este, este, mjjmmm, bueno...la materia...este, la materia, jala a la mat...y su masa, este...con la distancia...arghh... ¡No entendí profesor Eckechaunos discúlpeme...!

¡Siéntese Bedolla un canario tiene más inteligencia que usted!.

El prepotente maestro, de los que lamentablemente sobran, tiene aun menos inteligencia que el canario, porque ni el mismísimo Newton explicó cual era esa fuerza de atracción, y de que manera actuaba en cuerpos separados por el vacío. Sin embargo, la sencillez y poder de predicción de las leyes de Newton abrieron una ventana que asombró a los físicos del siglo XVIII y XIX. Aun hoy día, no se tiene una teoría satisfactoria y completa de la gravitación, pese a que la nueva física con la teoría de las super cuerdas, entre otras herramientas, trata de explicar ésta incógnita del universo, pero dejemos olímpicamente este problema por ahora, y veamos uno de los más espectaculares triunfos de los descubrimientos newtonianos y de sus herederos intelectuales, que dio pie a un entusiasmo inusitado entre los científicos decimonónicos ya que creían que al fin, tenían la llave para abrir el pasado y el presente del mundo.

La mecánica de Newton posee el poder de conocer el comportamiento de sistemas simples con una precisión excelente. Uno de los triunfos más espectaculares que aun causa sorpresa entre los matemáticos y astrónomos, fue el descubrimiento de Neptuno con el empleo de las herramientas de Newton. Y este descubrimiento requirió una poder de cálculo asombroso con base en los notables avances de Lagrange y Laplace, con estas poderosas herramientas matemáticas, los físicos creían saber todo, incluso el porvenir de la humanidad y el de su propia ciencia. El determinismo no tenía una sola sombra y avanzó con impresionante rapidez incorporando adeptos a la causa, aunque en algún recodo de la naturaleza aparecían una que otra inconsistencia. El triunfo más claro y espectacular fue el descubrimiento de Neptuno por Leverrier y Adams.

Desde el descubrimiento de Urano por William Herschel, los astrónomos registraban algunas perturbaciones que atribuyeron acertadamente a la existencia de otro planeta. Desde 1820, el movimiento anómalo de Urano había suscitado dificultades imprevistas que no concordaban con las primeras observaciones. El caso de Urano, causó gran revuelo entre los astrónomos pero estaban seguros que con las herramientas matemáticas newtonianas y los avances de La Mechanique Céleste de Lagrange, encontrarían al intruso. Así un joven del St. John College de Cambridge, John Couch Adams a la edad de 22 años, aceptó el reto y durante dos años, sin ver apenas el cielo, se dedicó a calcular y discernir sobre el problema. Una vez terminados los largos y tediosos cálculos, realizados bajo el nebuloso y frío cielo inglés, alumbrado por velas humeantes, pero sin rendir el espíritu ni un minuto, Adams avanzó, (hay que imaginar, la pluma de ganso raspando el tieso papel de trapo) y, finalmente, comunicó sus resultados en octubre de 1845, al astrónomo real Airy.

Al otro lado del Canal de la Mancha, otro astrónomo, Urban Leverrier, trabajaba en el mismo problema. Ambos no se conocían y tampoco sabían de sus respectivos trabajos. En la historia de la ciencia abundan estos casos de investigaciones independientes con el mismo objetivo que generalmente terminan en pleitos nacionales por la primacía del descubrimiento. Leverrier, a la sazón era el director del observatorio de París y digno sucesor del gran Arago. En junio de 1846, presentó sus resultados ante la adusta Academia Francesa
Los astrónomos ingleses trabajaron un poco al socaire y además no poseían mapas estelares adecuados donde Adams aseguraba que se encontraba el misterioso planeta.

Pero Leverrier con mejores relaciones escribió a su amigo Johann Gottfried Galle del Am der Sternwarte de Berlín con telescopios y catálogos inmejorables para la época. Escribía el francés a su amigo alemán: “...Vous verrez, monsieur, que je démontre qu´un me peut satisfaire aux obsrvations dÚranus [...].

La carta fue recibida por Galle el 23 de septiembre y esa misma noche, con la ayuda del Atlas estelar de Bremiker y con la asistencia del estudiante H.L. d ´Arrest, descubrieron de inmediato el nuevo planeta. Menuda sorpresa se llevaron los astrónomos alemanes. En efecto, el planeta se observaba contra el fondo de estrellas marcadas en el Atlas. Galle comunicó el 24 de septiembre a Leverrier. “La planéte dont vous avez signalé existe réellement...”

Los astrónomos de la rubia Albión, atrasados en sus observaciones de inmediato desataron una polémica, diríamos que bastante normal entre franceses e ingleses sobre la prioridad del descubrimiento, una situación bastante curiosa donde los nacionalismos se exacerban hasta lo grotesco. Sin embargo, se sabe que Adams terminó sus cálculos el 1 de septiembre de 1845 y envió sus resultados a sir George Airy el 1 de noviembre del mismo año. Los astrónomos ingleses con indiferencia no tomaron muy en serio al jovenzuelo de Cambridge y dejan “para después la búsqueda”.

El 10 de noviembre de 1845, Leverrier presenta una comunicación a la Academia Francesa. Medio año después, presenta otra comunicación a la Academia.

Hasta el 9 de julio de 1846, sir George Airy sugiere la búsqueda del planeta perdido. Increíble pero cierto, el planeta es visto por los ingleses pero no es reconocido en el venerable Observatorio de Greenwich.
El 18 de septiembre de 1846 Leverrier envía su célebre carta a su amigo Galle y el 23 de septiembre, finalmente, queda establecido el descubrimiento en Berlín.
El genio de tres naciones ha participado en el gran juego cósmico. Los alemanes se frotan las manos y ven como los sentimientos ultra nacionalistas de sus vecinos se enfrascan en un duelo de palabras que suben de tono para diversión de los científicos del mundo.

En París, el periódico Le National acusaba a Inglaterra de tratar a Francia “como una nación estúpida” . Los periódicos ingleses no se quedaron atrás y acusaron a los franceses de “ladrones y espías”. Sin embargo, para bien de la ciencia,- y casi siempre sucede- que los protagonistas son ajenos a los dimes y diretes de gente que se apodera de banderas para exultar nacionalismos rancios. Cuando Adams y Leverrier se conocieron, trabaron una amistad estrecha que duró el resto de sus días y cuando se trataba de la primacía, con caballerosidad cada uno defendía la obra del otro.

La ciencia, benévola, da siempre mérito a sus súbditos. Había suficiente reconocimiento para los dos genios.

Imagen: Wikipedia.org

alejandro rivera perezAlejandro Rivera Domínguez (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es director de la Estación de Satélites Kosmos Puebla.

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