Submit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn
En el cuarto la miseria ensucia las paredes,
en sus hendiduras polvo de uñas,
languidecen las sombras
alargadas por la luz de la vela
se somete al infame con hambre,
desnutridos espectros arropados por la inopia.
En un grito, con el cuerpo moribundo: el alma fornica.
Paridos en las sombras, las  manos de la vida rasgan pañales,
andrajos que avecinan al niño en su mortaja.
El seno pende flácido, vacío,
sus grietas ofrecen sangre negra,
el pobre aferra su instinto en las manos.
Arquea el cuerpo, tuerce los ojos,
estrena su razón, su hambre
los perros olfatean,
niños pegados a la matriz seca.
La miseria puede, devora vientres hinchados.
Aún los espíritus prolongan su estadía.
Por las noches exhalan peste.
Sin luz ni estrellas
el hambre en las noches los ciega,
la fogata los envenena.
No se cierran los intersticios en la montaña
se agrandan con la erosión.
Los caminos de Xochitepec conducen espirales,
polvo en la noche,
todo es polvo, también el día,
constante el aire renueva el giro.
La espalda  del mundo se eleva en tu montaña,
lugar de espanto,
lúgubre y sombrío:
olvido.