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Cuentos del narrador oral escénico*
31 cuentos hiperbreves
Francisco Garzón Céspedes**
LA VERDAD Y LA MENTIRA
LA VERDAD
Había una vez el amor.
LA MENTIRA
Nunca habrá una vez.
EL PRIMER NARRADOR ORAL
Él tenía una imaginación creadora. Desbordantemente fecunda. De tanto andar y andar por el universo, a solas, en silencio, inventó un idioma. Palabras a las que hubo de imaginarles lo que nombraban. Dijo: "Luz". Y la imaginó. Y fue la luz. Y habló y habló. Dijo: "Hombre". Dijo: "Mujer". Y los imaginó. Y ellos fueron. Hasta que al séptimo día de imaginar, eligió el reposo. Nunca ha sabido Él, el primer narrador oral, que cuando los hombres y las mujeres, en el tiempo de ese séptimo día, reinventaron las palabras, crearon una y nombraron al narrador oral: "Dios".
LOS TALISMANES DE DIOS
El Narrador Oral tomó una parte de sí, recordó al Hombre y la moldeó como éste. Le llamó Jesús, lo envió a la Tierra y le dijo las dos palabras elegidas talismanes. "Imaginarás." "Narrarás." Hizo una pausa. Y añadió: "Formarás discípulos. Y te negarán. Pero tú resucitarás. Imaginarás. Narrarás. Tal vez los humanos se den cuenta".
EL HIJO DE LA CUENTERA
La cuentera tuvo un hijo. Un momento antes de engendrarlo soñó que despertaba al ser besada por un príncipe. En verdad, el otro necesario para engendrar había sido elegido en amor. Era un mago. No cualquier príncipe, el de la ilusión. En el instante mismo en que el cuerpo de la cuentera se unió a ese otro cuerpo, como si tocados por una varita mágica pudieran fundirse en uno, ella pensó en la mujer verde y en el hombre violeta del cuento tantas veces contado: aquel dragón violeta dejándose ir en aquella cascada de peces verdes. Cuando el hijo nació, era tan pequeño que la cuentera recordó a Pulgarcito, e instintivamente le revisó los pies en busca de las botas de siete leguas. Sintió miedo de los gigantescos ogros que su hijo encontraría a lo largo de la vida. Luego sonrió, porque se dijo, como Meñique, que "el saber vale más que la fuerza" y ya ella se preocuparía de ese saber. Que si cuentos, que si refranes, que si trabalenguas, que si adivinanzas. Decidió comenzar a enseñarle sin esperar más. Ya al crecer le tocaría al padre, que le enseñaría a reaparecer intacto después de cada ilusión. Ahora era el turno de la cuentera. El turno de los dioses humanos. Y cada día ella contaba a su hijo, aunque todos a su alrededor exclamaban que aún no podía entenderla. Pasados unos meses, cuando su hijo empezó a hablar, las primeras palabras no fueron: "hambre" o "sed" tampoco precisamente "madre" o "padre", aunque de algún modo esto fue dicho cuando la frase mágica aleteó en los labios y el hijo de la cuentera balbuceó: "Había una vez...".
EL CUENTERO (YO TENÍA UN GATO ÚNICO EN EL MUNDO)*
¡¡Yo tenía!!... ¡Yo tenía!... Yo tenía un gato único en el mundo. Mi gato, cada vez que maullaba, lanzaba por la boca, como si fueran soles y estrellas relucientes, monedas y más monedas. Y mientras más maullaba, más monedas y monedas lanzaba... Les voy a advertir una cosa. No estoy dispuesto a que, en cada ocasión en que les cuente un cuento, unos me miren lastimeramente y los otros alcen las cejas en señal de duda. El hecho de que yo cuente cuentos, de que me vista con humildad y a veces hasta le pida dinero prestado a alguno no significa que mi gato, cada vez que maullaba, no lanzara por la boca monedas y más monedas, lo que ocurre es que eran... ifalsas!
* Este cuento de la invención del autor es una modulación del primer “yo mentiroso” que escribió en homenaje a los cuenteros mentirosos familiares o comunitarios, rurales o urbanos: “Una gata única en el mundo”, mucho más extenso y de ambiente marcadamente urbano y contemporáneo.
LAS ALAS DE REDOBLANTE
El narrador oral afirmó: "Y al juglar Redoblante, me crean o no me crean, le brotaron alas". De su propia carne surgieron. Venían desde los aleteos interiores de los cuentos en su corazón. Las necesitaba para poder ir con mayor rapidez de un sitio a otro a contar sus reinvenciones. Algunos de sus cuentos salvarían a alguien de la muerte. O abrirían una puerta de amor a una pareja desesperada. Otros harían sonreír a los convertidos en estatuas de amargura. Otros emocionarían a los en apariencia indiferentes. Así que Redoblante deseó sus alas como hay que desear lo imposible. A riesgo de perder la razón, para reinstaurar otros códigos secretos e inexplicables. Y le brotaron alas. "¿No me creen?", preguntó el narrador oral buscando las miradas. Y cuando insistió: "¿Me creen o no me creen?", estas palabras ya fueron dichas mientras el narrador oral sobrevolaba la multitud.
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