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MIS HUELLAS - Nicolás López Dallara PDF Imprimir E-mail
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Nicolás López Dallara   
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MIS HUELLAS - Nicolás López Dallara
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HUELLAS

Anónimo

Una noche en sueños vi que con el Señor caminaba
junto a la orilla del mar bajo hermosa luna plateada.
Soñé que en los cielos veía toda mi vida representada
en celestiales escenas que en silencio contemplaba.
 
Dos pares de firmes huellas en la arena iban quedando,
mientras con el Señor íbamos cual amigos conversando.
Miré atento hacia atrás esas huellas reflejadas en el suelo,
pero algo extraño observé y me invadió gran desconsuelo.

 

Observé que algunas veces al reparar en las huellas,

en vez de ver los dos pares veía solo un par de ellas.

Observaba yo también que aquel solo par de huellas,

se advertían mayormente en mis noches sin estrellas

en los días de mi vida llenos de angustias y tristeza,

cuando el alma necesita más del consuelo y fortaleza.

 

- Pregunté triste al Señor:

 

¿Señor, tu no has prometido que en horas de aflicción

siempre a mi lado estarías dando muestras de tu amor?

Pero noto con tristeza que en medio de mis querellas,

cuando más aflige el dolor solo veo un par de huellas.

¿Dónde están las otras dos que indican tu compañía,

cuando las tempestades sin piedad azotan la vida mía?

- Y el Señor me contestó con ternura y compasión:

 

Escucha bien hijo mío, comprendo tu confusión,

Siempre te amé y te amaré y en tus horas de dolor

siempre a tu lado permanezco para mostrarte mi amor.

Mas si en ocasiones ves solo dos huellas al caminar

y no puedes ver las otras dos que se deberían reflejar,

es que en tu hora afligida cuando flaquean tus pasos,

no hay huellas de tus pisadas porque te llevé en brazos.

 

 

nicolas lopez dallara.jpgMIS HUELLAS

Por: Nicolás López Dallara*

 

 

 

Mis huellas comenzaron a marcarse por  las reducidas arenas de mi vida el 8 de agosto de 1977. Y siempre que miré, estuvo al lado del mío el rastro de mi Señor. Sólo cuando el desamor dejaba grabadas sus inocentes insignias, sentí que me alzaba en brazos mi Señor para que la aflicción no me pesase tanto.

 

En la jubilosa playa de mi adolescencia  casi siempre iban conmigo los dos pasos de aquel amigo mío. Si la largura de los años más felices de mi historia estuviera dividida por diez partes iguales, pudiera decir yo que en una décima de ellas se atisbaban los pies dezcalzos de mi Dios caminando en solitario. Pues en verdad me fue cargando para que yo no padeciera el esfuerzo de un andar acongojado.

 

Deberé, pues, agradecer a mi Señor que me haya recogido en sus dos manos auxiliares para cargar con mis huesitos durante todos los minutos que duraban mis desdichas

 

Sin embargo en mi playa hay un pedazo que se extiende en nueve años, donde unas huellas solitarias lo recorren sin descanso. Pero yo no diferencio bien si las huellas eran Suyas o eran mías,  dibujando la indefinida señal de mi estigmática equinosis. Porque muy, muy bien, recuerdo que después del inconsciente que duró todo un verano, a mí me costó mucho levantarme de la cama para mis sueños ir buscando, pues un dolor siempre punzaba mis entrañas por cada paso que yo daba. Y si el dolor es un libreto firmado a manuscrita, que testifica estar andando por las arenas de mi playa, pues yo no sé muy bien dónde han quedado las pisadas que hasta los diecisiete acompañaron a mis pasos. No noté Su compañía cuando tuve que aprender cómo escribir a manuscrita con la mano que no afectó la hemiparesia. Ni tampoco me abrigaron con sudarios cuando no me quedó opción que dormir al aire libre en los cielos sin estrellas. Mis noches se quedaron sin luceros todo aquel tiempo en que las olas me bañaron.

 

De vez en cuando repaso los treinta aniversarios que crearon la zigzaguente costa de mi vida, y desde ese día de un enero del transformador 1995, donde hay un solitario par de huellas que duraron 9 años sin ninguna compañía... pues la verdad no sé muy bien si Dios me iba cargando en sus hombros milagrosos, o fue mentira las estrofas del poema que leía. Tal vez llevé a la rastra aquella cruz que mis dolores emblemaba, mientras Dios cruzó el océano para poder pisotear en otras playas, y revivir con ajenas compañías aquellas emociones que habíamos sentido los dos juntos, mientras miramos las mareas en la adolescencia de mi vida. Quizás la injusta erosión apresuró su amplio proceso, y sólo quedaron en la playa de mi vida las asimétricas huellas que yo solo fui dando. O quizás tanta resaca lavó aquellos pasos enfilados que acompañaban los románticos caminos de la playa de mi vida. Pues estoy seguro que nunca marché a hombros de ningún Gigante, que me evitara aquel puntazo que carcomía desde adentro mis entrañas.

 

Pero después de nueve marzos en que yo fui festejando mi segundo cumpleaños -en el día veinticuatro del mes que comienza el año-, vinieron al lado de la estela que dejaban mis pisadas otras huellas cirujanas. Y algo raro pasó allí en el vado de mi vida. Fue también el día 8 del mes de mi nacimiento, cuando yo ya había entrado en mis veintisiete aniversarios, y ya daba porque estaban enterrados la mayoría de mis sueños. Resultó que un grupo médico se aventuró a dejar sus huellas en un anochecer de la playa de mi vida. Trajeron con ellos una cama y escalpelos, y pisotearon la húmeda costa junto al mar que me observaba. Salieron las estrellas esa noche y, aunque el invierno me atería, amaneció cual una aurora que hace perfectos los días.

 

Desde aquel día de agosto, la playa de mi vida siempre tiene ahora dos pares de huellas yendo juntas. Y yo sé bien que nunca más veré caminar solas a las mías. Pero no son todo el tiempo las que el Señor me prometía.

 

María Jesús comenzó a dejar sus firmes pasos en mi playa, un 19 de diciembre del año 2007. Así otra vez empecé a ver el otro juego de pisadas acompañando mis eneros. Y desde entonces siempre tuve compañía, cuando atisbé sobre mis hombros a la playa de mi vida. Y como si fuera una revancha, una vuelta que la vida se había olvidado de entregarme cuando con los años de mi juventud pagué mis culpas, conocí el embrujado pueblo de Valsaín el día 24 de enero del esperanzador 2008, cuando viajé hasta la carretera del Robledo número 22.



 
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