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En la calle alguien me preguntó: - ¿Vas de paseo? Respondí con una evasiva.
Me trasladé a la ciudad de los muertos, nadie me recibió en la puerta. Voy por una amplia entrada, para luego detenerme en la cafetería; en este lugar los vivos dialogan con la anfitriona, aunque este diálogo les exacerba los sentidos. La gente se ahoga de dolor y así el café los mantiene alertas ante la idea de dormir y huir de la realidad que niegan. Continúo el viaje por la calzada principal. Conforme avanzo la alfombra de asfalto declina como si al final de ella no hubiese más destino que el precipicio. Estoy en el inicio, donde se ha edificado el conjunto de los muertos opulentes, no puedo evitar pensar que la ley de los derechos humanos es letra muerta. Las categorías discriminan en esta sección que bien podría llamarse: Residencial “Arboleda Mortal” La erosión se enaltece, los mausoleos tienen torres, son castillos, propiedades mortales. Siguen las pequeñas planchas, es la sección de los “Párvulos” algunos globos sucumben en el aire. Los niños duermen ya no desquician a nadie. Avanzo; los árboles me observan, son custodios, su follaje es cascada, se mecen y sus miles de hojas como bocas murmuran. Me adentro por este camino, en él descubro la vida. La calzada se agrieta, es una panza, la fuerza de la vida es tierra, Se siente, trina, se escucha. Me detengo en el centro donde los adultos ya no cobran y sus deudas sobreviven en las venas del que sigue. Nada importa, los cristos yacen abandonados sobre lapidas mohosas que se hunden. La necesidad se acaba, el aire es fresco, limpio, no lo ensucia el que viene. En el fondo, como siempre la sección del más pobre, sus jarrones como todos mal olientes, contienen el homenaje podrido del que llora su destino. El silencio es profuso, una nube negra con su lluvia me regresa. Los rehiletes giran animados por el viento suave.
Leticia Díaz Gama
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