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4 de noviembre de 2016

Una modalidad de las artes escénicas –performing arts- no muy común en nuestro medio, aún demasiado “porfiriano” –por entrapajado- es la de los o, mejor, las artistas cuya descalcez on stage es parte esencial de sus presentaciones, como sucede no sólo en géneros con vocación contestataria como el rock, pop y folk –la legendaria Joan Báez, cuyo padre nació aquí mismo, en Puebla-, sino incluso en la música clásica, solista o de cámara, pues se trata de una licencia que bien puede tomarse cualquier artista, sin que su trabajo desmerezca por ello.

Ni qué decir de las artes en que el protagonista es directamente el cuerpo, como el Teatro y la Danza, particularmente la étnica y la contemporánea, que desde Isadora Duncan y Martha Graham sus ejecutantes realizan, por norma, descalzos.

Pero también en las Artes Plásticas, los pies desnudos han sido un tema frecuente, con artistas que incluso llegaron a caracterizarse por plasmarlos sistemáticamente en sus obras, como el pintor William-Adolphe Bouguereau. (De hecho, como señalé en mi lejana Conferencia sobre SEXO Y RELIGIÓN de 1988, la descalcez es una desnudez parcial, comparable a la que realza un escote o una minifalda, también motivos de escándalo para gente neuróticamente pudorosa, como (suelen ser) los ministros religiosos.)

Lo mismo en Fotografía y Cine, cuya historia aporta una nutrida galería de imágenes memorables: ¿quién no recuerda la escena inicial de LOLITA (1962) de Stanley Kubrick, por poner sólo un ejemplo? Y dos películas, BARFUSS (alemana) y SOLEDAD DESCALZA (española), giran en torno a una protagonista descalza.

Para el arte amateur, basta entrar a Internet para localizar cualquier cantidad de producciones, desde (verdaderos) documentales, peeping shows en video o fotos fijas y escenas aleatorias de gente descalza, hasta rodajes con todo y trama –o casi-. Hay incluso pornografía –que no es una mala palabra- centrada en esta parte del cuerpo.

Esto es, que los pies desnudos SIEMPRE han despertado el interés artístico lo mismo de creadores que de espectadores, lo que nos trae de vuelta a la monótona vida cotidiana actual, en la que parece haberse erradicado la posibilidad de tenerlos “en vivo”, por una especie de conspiración de la que sólo unos cuantos no estamos enterados y por eso seguimos tan campantes como en los años 60 y 70.

(Aquí observo lo que parece un patrón generacional, pues mientras para la gente de mi generación y la anterior, andar descalzo es una posibilidad por la que puede optarse, algo conocido y recordado –en ocasiones con nostalgia-, a los niños de ahora les rompe su esquema de las cosas, a juzgar por la suma extrañeza que les provoca este comportamiento, como si sus padres se hubiesen esmerado en ocultárselo.)

Siendo el arte no sólo una representación o registro de la realidad objetiva, sino también proyección del imaginario individual del artista y colectivo de su medio, puede inferirse en consecuencia que el ARTE DESCALZO confirma la presencia del deseo –ensoñación, fantasía- de estarlo uno mismo o ver a otro(s) estarlo, a pesar de la prevalencia de una ideología -¿moral ?- adversa.

Como sucede con tantas otras cosas, lo reprimido –verdrängt - en cierta época, sociedad o estrato social, pervive sin embargo en su ARTE como promesa de lo que un día será –o volverá a ser- una REALIDAD.


Imagen: flickr.com/FemaleBarefootMusicians

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño, SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.

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