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03 de julio de 2017

Entre los mitos difundidos por la cultura de masas, está que la Ciencia es un saber arcano que sólo se encuentra en ciertos lugares o personas a los que es necesario llegar para adquirirlo, casi por contagio.

Una visión medieval, más religiosa que romántica: el monasterio y su preciada biblioteca atestada de maravillas. (Como la –turísticamente- famosa Palafoxiana de aquí, que a finales de los ’70, vino el propio Presidente de la República a declararla oficialmente ABIERTA para que los intrigados visitantes pudieran conocerla… desde la puerta, porque no se permite la entrada a cualquiera. Aunque, pensándolo bien, ¿valdrá la pena conocerla?)

Por eso tantos equívocos, como el reseñado en un artículo anterior a propósito de los canales de televisión tenidos por “científicos”. Pero también están las Autoridades (científicas), generalmente burócratas sin el menor interés de enfrascarse en una investigación original, pero muy conscientes, sin embargo, de la importancia de la publicidad para sus carreras, de modo que aceptan gustosos toda invitación a disertar en público, incluso sobre temas que desconocen por completo.

Vienen luego los depositarios de un saber particular, reconocido o no por la “Ciencia oficial” –los anteriores- pero que cuentan también con su público no sólo particular sino, sobre todo, peculiar.

Les siguen los amantes del conocimiento por el conocimiento mismo, totalmente dependientes de sus fuentes predilectas, casi nunca las mejores posibles para sus respectivos intereses cognoscitivos. (Jean-Paul Sartre satiriza este tipo de sabios en el personaje del Autodidacta en su novela LA NÁUSEA, que adquiría sus conocimientos… por orden alfabético en la biblioteca de su pueblo.)

Y podría añadirse una categoría más: la de los conocedores que se han hecho a sí mismos –la versión intelectual del self-made man-  a través de juntar conocimientos de aquí y allá según su propio sistema de organización, ajeno a los convencionales.

¿Qué tienen en común estas pintorescas variedades de saberes con o sin fundamento? Su SOLIPSISMO, pues son única y exclusivamente de sus poseedores, que se sienten satisfechos y quizá hasta orgullosos, pero que carecen de importancia e incluso de existencia para los demás, incluyendo a otros “sabios” igualmente encerrados en los suyos. (Es precisamente este vacío SOCIAL el que llena la cultura de masas.)

¿Qué hacer entonces para compartir estos otros saberes, algunos seguramente con más sustancia que los de utilería propios de aquélla? No otra cosa que la DISCUSIÓN, que no es una mala palabra sino todo lo contrario a condición de prepararla, proponerla, sostenerla y concluirla de buena manera, no sólo por lo que aporte de nuevo a cada participante, sino por el mero PLACER de comunicarse con los otros. (Una buena opción para conversar en las redes sociales, por ejemplo.)

Definida breve y funcionalmente, una discusión es un razonamiento colectivo en que cada participante individual se beneficia de perspectivas diferentes a la suya sobre un mismo OBJETO, permitiéndole refinar y depurar su saber hasta ese momento. Una discusión bien llevada no tiene que resultar en adoctrinamiento sino en lo contrario: su crítica.

Y lo más importante: es la esencia misma del pensamiento científico, la garantía que el SABER derivado de éste no se degrade a dogma o artículo de fe, origen de la imagen de una Ciencia reservada a determinados lugares, objetos o personajes virtualmente sagrados, que pertenecerían propiamente al terreno de la Religión, pero no al de la CIENCIA.

 Autor: Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.

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