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10 de marzo de 2017

Recientemente se han puesto de moda en ambientes académicos “progresistas”, términos como diversidad cultural, multiculturalidad e incluso interculturalidad, que sugieren una apertura más o menos institucional a lo DIFERENTE –de lo canónico o establecido por la cultura dominante, se entiende-, pero en los hechos se advierte que sólo para aquellas manifestaciones consistentes con el indigenismo, la conocida doctrina paternalista surgida de la confluencia entre populismo postrevolucionario y pensamiento católico “avanzado”.

El resto de las incontables –pues continuamente se añaden nuevas- formas de vivir, pensar, actuar, relacionarse y proyectar hacia el futuro, es como si no existiera o, peor aún, no importara, sobre todo las que contradicen abiertamente los dogmas fundamentales de las raíces históricas de la ideología oficial, amalgama inestable per se, en que el elemento oficioso –clerical- prevalece casa vez con más frecuencia sobre el oficial, como en el campo de los derechos sexuales y reproductivos de los individuos.

Esto me trae a la memoria, en primer lugar, al Plan (educativo) de Once Años, cuyo objetivo era convertirnos a todos en artesanos, cuando en el Mundo se daba una revolución tecnológica sin precedente. (Esa misma década, en el ámbito específico de la Cultura apareció o, cuando menos, se intensificó la divertida controversia en que unos intelectuales insultaban a otros llamándolos… ¡intelectuales!, reflejo del antagonismo ideológico entre los que “sólo” pensaban y los que actuaban entre el pueblo, que perduró hasta bien entrados los ’80 en las Universidades “socialmente comprometidas”.)

Durante mi época universitaria pude ubicar con precisión la fuente –spring- “teórica” de esta ideología, que no era otra que la Antropología cultural –o “social”, como la llamaban aquí-, cuya temática de investigación era monótonamente indigenista: bailes regionales, fiestas patronales y tradiciones parecidas, todas teñidas de religiosidad colonial, dejando de lado el rico y variado mosaico cultural contemporáneo, especialmente el juvenil, con el estudiantil universitario incluido. Pude definir entonces el horizonte profesional de esta carrera como: el apuntalamiento ideológico del Sistema mediante la permanente búsqueda del “espíritu de lo mexicano” (¿?) en lo más recóndito de la sierra –o selva- o profundo de la tierra –Arqueología oficial-, granjeándome la antipatía de algunos conocidos, que hasta ese momento se consideraban críticos irreductibles del Gobierno. (Hubo cuando menos una excepción: mi recordada amiga Carmen, quien concursó para una pequeña beca de formación con el tema  “La Muchacha Polígama”, fenómeno de palpitante actualidad entonces en el medio universitario y la ganó, rompiendo la aparentemente fatal tendencia gobiernista.)

Por último, una anécdota propia de hace 16 años que viene muy a cuento, cuando en un programa radiofónico que conducía Alejandra, una amiga más reciente, ésta me preguntó al aire: “¿Qué vas a hacer mañana, mi Fer?” “Tengo una…, no, dos clases”- respondí. Con lo que ella, extrañada, fue al punto: “¿No vas a ir a ver a los zapatistas?” “No, -respondí cándidamente-, ¿qué les voy a ver?” Se suscitó entonces un breve debate entre nosotros. Luego, en el corte, me comentó visiblemente escandalizada: “¡No sabía que fueras de Derecha!” Yo tampoco, pero actitudes como la suya son el efecto esperado de la propaganda en quienes no se toman el tiempo de considerar críticamente lo que ésta les propone.

Recapitulando, la DIVERSIDAD CULTURAL es un fenómeno social que nos abarca a todos. Un hecho a tener presente para no prestarse a manipulaciones por parte del Poder formal… o los informales.

Imagen: thefoodavenue.com

 

 

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño, SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.

 

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