
| Javier Sicilia renuncia a la poesía |
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| Roberto Martínez Garcilazo* | |||
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Devastado por la muerte de su hijo Juan Francisco, Javier Sicilia ha renunciado a la poesía. Ha escrito que El mundo ya no es digno de la palabra. El dolor de Javier –que es también el de miles de padres y madres que han perdido a sus hijos en esta guerra que diezma a México- carece de nombre. Es un dolor formidable y oscuro. Sólo la poesía puede –a veces- acercarse al abisal misterio de ese dolor terrible; y sin embargo a ella ha renunciado Sicilia. Porque ante muerte de un hijo, la poesía es inútil, es débil, es impotente. Es un gesto teatral en el vacío. Ridículo es el poeta ante la muerte de su hijo. Guerrero implacable se quiere el padre sin hijo, para imponer justicia y orden y lograr que se retribuyan correctamente las acciones de los hombres y sea premiada la virtud y castigado el vicio y la maldad. Sin embargo, el castigo –si llegare- no regresará la vida al muerto, no resurgirá el hijo y con él la poesía a la vida de Sicilia. Porque Javier también ha muerto. Tiene razón Sicilia, la culpa es de los corazones corrompidos de la clase política y de los criminales. Los políticos han olvidado el servicio público y han puesto por delante su codicia y su desprecio por la vida del prójimo. Los criminales, cumplen su vesánica vocación y rompen las leyes y avasallan los derechos de los otros. Vivimos secuestrados por elites que desprecian la educación, el bien, la belleza y la justicia. En manos de los epígonos de Tanatos nos asfixiamos. Generaciones de muchachos y muchachas crecen con el futuro arrebatado, viven ya sin esperanza de felicidad, se marchitan precozmente sin la pura alegría del descubrimiento de los dones de la vida. La violencia nos despoja de todo lo que es humano. Qué hacer, cómo enfrentarla, cómo protegernos, cómo defendernos de asesinos invisibles, múltiples, desconocidos y poderosos. No es cierto que el amor sea tan fuerte como la muerte. Diario, todos los días, en las hostiles páginas de los periódicos, lo comprobamos. Estamos a merced de verdugos crudelísimos que han sido procreados por una clase política carente de virtud y compasión – comerciantes de las vidas humanas, de los tesoros de la patria, del futuro y la esperanza de los niños y muchachos del México san Sebastián mártir asaetado. El país desgarrado por la violencia y las muertes sin sentido. El país sin unidad, el país enfrentado a sí mismo, el país en el que mueren, sin saber porqué, muchachos inocentes, perplejos de miedo, espantados, sin remedio, que en el último, incomprensible, instante de su vida miran el rostro desconocido del verdugo que dispara, mientras Dios voltea hacia otra parte.
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