
| El debate neoliberal y el bien común |
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| Raymundo García García* | |||
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4 de noviembre de 2011 En la reunión de líderes del G20, el presidente Calderón ha dicho una gran verdad, que en la política mexicana de subsidios a los hidrocarburos, se evidencia la inexistencia del Bien Común.
Los subsidios a los hidrocarburos subsidiados; benefician a quienes poseen los vehículos más recientes y con mayor capacidad de consumo; serán ellos los que obtengan mejores beneficios de traslado de recursos públicos por la vía subsidiaria. Lo mismo sucede con otras políticas públicas de apoyo social como Procampo; programa mediante el cual los grandes terratenientes y dentro de ellos muchos políticos, reciben jugosos recursos, frente a los pírricos e irrisorios pesos que reciben anualmente la inmensa mayoría de campesinos pobres que sólo cuentan con alrededor de tres a cinco hectáreas de cultivo. Recursos económicos que en nada se compararán a las cantidades de terratenientes que poseen de veinte hectáreas hacia arriba. Política pública que está destinada a equilibrara los desequilibrios sociales producidos por el TLC en el campo, pero que tiene como dedicatoria benéfica a los grandes empresarios del campo y el detrimento de los campesinos empobrecidos, que ha venido vendiendo sus tierras. Estos desequilibrios persistentes en la política socioeconómica de México, so los saldos que no se han podido corregir, en el proyecto neoliberal mexicano, que no pudo y no ha podido aniquilar el viejo sistema político mexicano sustentado populismo atroz por un lado, peor por el otro, la influencia de los dueños del capital, que aprovechan cualquier oportunidad para acrecentar sus ganancias. En este sentido se tiene como mejor ejemplo la perversión de los programas de desarrollo social, particularmente aquellos dedicados a involucrar a los pobres, pero que en la realidad estos –los pobres- han sido desplazados, para convertir las obras públicas en excelentes instrumentos de inversión y ganancia de empresas privadas. Es lamentable leer al final de una obra pública un conjunto de datos que informan el monto de la inversión con las proporciones de recursos de los tres niveles de gobierno: federal estatal y municipal; y la declaración asegurada de un número determinado de beneficiarios por igual, ignorando que los individuos no somos iguales, ni por género, ni por edad, ni por habilidades físicas, ni por capacidad de disfrute de los bienes. El discurso político del bienestar general o del bien común, conduce a la falacia de asentar que determinado número de personas serán beneficiadas con una cancha, un hospital, una calle pavimentada, con el alumbrado etc. datos falsos por carecer de parámetros de temporalidad, y sobre todo datos falsos, porque el grado de beneficio siempre será proporcional al grado de proporción de pobreza y riqueza. Por supuesto que quienes menos tengan, esto es, los más pobres, siempre los beneficios que reciban serán muchos menores a aquellos de sus vecinos o usuarios cercanos al bien público, que mejores condiciones sociales tengan. Mientras el presidente, no impulse una propuesta y que ya no tiene tiempo para hacerla, de equilibrar los desequilibrios de la política neoliberal que guía al país, sus comentarios de la inexistencia del Bien Común, seguirán retumbando como frases huecas, mientras la angustia pervive por el golpeteo a los pobres, ante la imposición neoliberal.
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