
| Puebla y sus calles |
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| Jorge A. Durán Ramírez | |||
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En este artículo vamos a hacer un breve recorrido por las calles de Puebla, a través de la mirada de Don Julián y en la década de los años 30 del siglo pasado. Una ciudad en pleno crecimiento. La descripción de una ciudad siempre será un tema abundante, a Puebla ya se le han dedicado muchos tomos, “Las Calles...” de Hugo Leich o la “Historia...” de Enrique Cordero y Torres son ejemplo de ello, sin embargo por más que se diga nunca será suficiente, sobre todo si además de considerar sus aspectos físico e histórico se toma en cuenta que son las personas quienes les dan un significado particular. La Catedral de Puebla, por poner un ejemplo, no tiene el mismo significado para un arquitecto que para un sacerdote, para un historiador o para una persona que cada domingo llega a ella para oír misa, el primero se fijará en el estilo o los materiales empleados; para el segundo será un recinto sagrado, de oración y meditación; para el tercero importará la época cuando se construyó y la importancia social de esto; pero para aquella persona que la visita semanalmente conozca o no las distintas historias, la catedral es parte de su vida misma. Así las calles, los edificios, los parques, los centros de reunión adquieren un valor distinto, un significado especial. El valle de Cuetlaxcuapan es el asiento de la capital poblana, para los años treinta tiene una extensión que hoy parecería pequeña. Si se viera desde arriba semejaría un rombo con sus aristas señalando los puntos cardinales, 255 manzanas la conformaban en su totalidad. Sus límites llegaban, en 1930 , hacia el norte a la 26 pte.-ote., hacia el sur la 17 pte.-ote., hacia el oriente la 20 nte.-sur y hacia el poniente la 25 nte.-sur. Al terminar la década se han fraccionado ya las colonias Santa María , Humboldt, Hogar del Empleado, El Carmen y de la 17 a la 37 pte. entre la 3 y 11 sur, sumándose a las existentes, 146 manzanas más, y de 1940 a 1960 se fundan 58 colonias más, se construyeron 1,200 manzanas y se forman 13,300 predios. Pero una ciudad no es, solamente, el rombo o la orientación, no son las colonias ni las manzanas construidas, la ciudad se conforma además de su gente y de la manera en que ellos, los habitantes, la ven: Las Calles. El conocimiento de una ciudad comienza con nuestro entorno más cercano. El barrio del Refugio, ambiente principal de Don Julián se caracteriza por las fábricas y por los hornos donde se quemaba la piedra para obtener cal para la construcción. La 7 norte, como la mayoría de las calles, era de piedra de bola y sólo años más adelante la comenzaron a pavimentar. Por su parte Don Julián mantiene en la memoria que las calles en su mayoría de piedra de bola, con sus banquetas de laja que: “...(Las calles) no tenían (los) nombres que le dan ahora... todas las bocacalles tenían nombres como comenzando desde la 24 o la 26, ese callejón era la Bolsa del Diablo, luego donde están Los Pitufos ahora (22 pte.) esa era La Unión, y de ahí seguía la calle ancha que es la 18, y luego la 16 era la calle de Lo Gráfico, y la 14 era la calle de Armas, la 12 poniente Joaquín Ruiz y la 10 poniente era calle de Sayas, fíjese que bonitos nombres de las calles,... no se si el ayuntamiento o quién (los) escogía... ahí por la 2 hay una calle que se llama El Cacahuate, fíjese usté que bonitos ¿verdá? , está Cruz de Piedra, esta Arista, Estanco de Mujeres, Estanco de Hombres”. Muy pocas personas se preguntan sobre el origen de los nombres, la costumbre los hace del conocimiento de los hombres, aun más, la dirección no importa tanto como el Barrio donde se nace y se vive, esta división religiosa que traspasó el quehacer litúrgico y se convirtió en toda una forma de vida, de identificación. Así la pregunta obligada al conocer a alguien era: En la juventud de Don Julián los pleitos entre barrios eran escasos, por el baile, por la novia o porque no se caían simplemente, se puede decir que eran tranquilos, entonces los jóvenes se reunían en cualquier esquina, formando “palomillas” integradas por 10 ó 15 muchachos y se dedicaban: En ese tiempo la palomilla se encargaba de organizar bailes y fiestas, los jóvenes se reunían para divertirse, eran distintas a las bandas de hoy que “son para agredir a la sociedad, ¿no?” aunque para Don Julián los barrios bravos eran San Miguel y el Tamborcito, el periódico refiere que San Antonio, Analco y la Luz son barrios peligrosos por la existencia de ladrones . Si bien las calles de Puebla podían recorrerse por el simple placer de hacerlo, también es cierto que ellas se caracterizaban por algo en especial. De sus recuerdos, Don Julián, comenta que en todas había un foco en cada esquina y siempre estaba prendido; habla sobre San Luis, nombre que recibió la 5 de mayo de la 10 hasta la 16 pte., esta calle era para salir a cenar, de las nueve en adelante se encontraban los alimentos típicos: tacos, pelonas, mole de panza, etc.; en la Cruz de Piedra y Arista se ponían los puestos en Nochebuena, las piñatas, los dulces de la temporada; en Corpus se ponían a vender panzones en los portales. Para que las amas de casa realizaran las compras del mercado había varios sitios, estaba la calle de Los gallos, (6 pte. entre la 3 y 5 nte.) ahí los jueves las amas de casa iban a hacer su compra para toda la semana, había en la esquina de la 6 pte. y la 5 nte. “una cantina del Señor Morales que se llamaba Los Gallos”. En el jardín de San Antonio, estaba una zona bardeada con techos de tejamanil, como entonces no se usaba gas para cocinar, ahí se vendía el carbón y el tejamanil, acarreado por recuas traídas por personas de San Pablo, San Miguel Canoa, Chachapa, gente que dormía después en los mesones existentes alrededor. Otro mercado era el de la 18 poniente y ya el mercado grande era el de La Victoria. Una calle típica era Santa Rosa ahí se vendían los montones de naranjas y plátanos recortados, que costaban un centavo, también había muchas aguardenterías donde se vendía un licor corriente llamado caliente y a la persona que lo tomaba le nombraban calientero. También abundaban las pulquerías en Puebla, las surtían con la bebida traída de Atzayanca y Apan y a pesar de ser centro de riñas y alguno que otro muerto a muchas personas les gustaban sus fachadas: Los nombres de estos negocios eran otra peculiaridad: Y Éntrale en Ayunas, El Viborón. La Estocada; La Ultima Estación, El Farolazo, La Pena, Así es mi Tierra, La Rorra, La Palanca, De Puerta en Puerta, Los Grandes Vuelos, El Coco, Los Sueños de Baco, son algunos de los nombres que llegan a la memoria de Don Julián. También para tomar, se probaba el tejocote o coñac bolier que era fruta con alcohol, agua hervida y azúcar, lo dejaban que se añejara por un año, tan sabroso y con tanta fama que venían del Distrito Federal a tomar de estas infusiones; existía también, aunque un poco más caro, el aguardiente tipo coñac, Urdiñola, elaborado por la casa Madero que se reconocía por traer 2 copitas coñaqueras colgadas. Aunque Don Julián menciona el tejocote y el limón con limón como bebidas tradicionales también existían otras bebidas preparadas a base de frutas y yerbas: Don Julián gustaba de recorrer las calles de Puebla, en las mañanas se dedicaba a recorrer la ciudad porque: Las vecindades, sus zaguanes y escaleras, los barrios con sus calles solitarias y semiobscuras, los balcones que unen vida privada y vida exterior, todo ello que “huele a viejo” y que sin embargo todavía tiene vida, pues la gente se niega a abandonar las ruinas que se mantienen aun en pie brindando cobijo y algo de seguridad . “La calle reboza de vida, de actividad porque la gente no se encierra en cuatro paredes, la calle es también su casa. Y así, calle más calle, barrio más barrio se va formando la ciudad, que todavía no es tan grande como para comerse a su propia gente,...”
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