
| Contar historias: una herencia de humanidad |
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| Martín Corona Alarcón* | |||
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Contar cuentos es quizá uno de los oficios más viejos de los que se tienen noticia, porque comunicarse por hambre, dolor o peligro es un rasgo inherente a todos los animales, pero estructurar un relato, generar con ello una identidad, una idea de región, de religión con base en una historia me atrevo a asegurar que sólo los humanos. Sin embargo, en este momento en occidente, lo que ocurre cada vez menos es justamente eso, contar historias. Hemos dejado el papel de contador de historias a la televisión. Hasta hace pocos años los abuelos les contaban historias a los más pequeños, así se heredaban los saberes ancestrales, así la experiencia de toda la historia de la humanidad se heredaba en forma de pequeñas capsulas, en forma de inofensivos cuentos. Hace poco, a manera de presentación de cuentos, preguntaba a los chicos de un preescolar, ¿de dónde vienen los cuentos? Uno se aventuró a decir: de Disney. Y ante mi molestia y desconcierto debo darle la razón. Esa empresa ha convertido el sitio de padres y formadores infantiles en el de quienes compran, prenden y “enchufan” a la tele al niño. Y todos los valores e ideas contenidos en los cuentos que antes se contaban se han convertido en dibujos animados. En los chicos podemos mirar este fenómeno con cierta distancia, pero los adultos, nosotros mismos, ¿cuántas veces nos hemos descubierto actuando, pensando o diciendo líneas de las películas o de la televisión como propias? Me atrevo a decir que ni siquiera somos conscientes de ello. Las historias nos dan identidad, los inofensivos cuentos son la herramienta para asir al mundo. En otra ocasión, un pequeño de preescolar soltó la frase: “vamos a echar un vistazo”. No pude menos que sonreír y preguntarle qué me quería decir, respondió que fuéramos a ver qué pasaba. Luego, en sus juegos en el recreo me gritaba “apártate” apuntando hacia mí con sus puños. Le pregunté qué me quería decir y no pudo responderme. Frases de televisión repetidas sin sentido, sin reflexionar sobre lo que realmente quieren decir esas palabras. No les hablaré de los conflictos de adultos por situaciones absurdas, ni de frases de telenovela en ambientes laborales, ni me detendré en el daño que nos puede hacer acostumbrarnos a escenas de violencia. Lo que sí quiero pedir es que contemos, que a los niños les contemos las historias que nos contaron, que apaguemos de rato en rato la televisión y hablemos de nosotros mismos con el otro. Si aprendemos de nuevo a escuchar, si aprendemos a hablar seguro hallaremos alternativas posibles para superar cualquier crisis, formas amables de convivencia. Al final, lo único que podemos compartir es nuestra humanidad y esa está en las historias. ** Esta columna nace de las reflexiones cotidianas de un cuenta cuentos que, a la manera de los juglares medievales, va por muchas partes cantando, contando y jugando con chicos y grandes. * Más de Martín Corona Alarcón:
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