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DOS CONCEPCIONES DIFERENTES DE LA HISTORIA: LA REALISTA DE MARX, Y LA IDEALISTA DE KANT. LA CONFIGURACIÓN DE DOS IMÁGENES DEL HOMBRE.

 

Por: Ximena Franco Guzmán*

 

 Nota al lector:

 

 

 Hemos tomado los términos “realista” e “idealista” en un sentido muy vago, sobre todo tratándose de pensadores tan complejos como Emmanuel Kant y Karl Marx. Ni uno ni otro pueden ser caracterizados tal llanamente, pero éste tampoco será el momento de caracterizarlos en toda su amplitud. Nos hemos abocado únicamente a la problemática de la historia tal y como ésta se plantea en los textos consultados. El presente artículo tiene la finalidad de introducir una problemática filosófica desde un doble horizonte: el idealismo trascendental (kantiano) y el materialismo dialéctico (marxiano). En las referencias bibliográficas se anexan algunos títulos que el lector interesado puede consultar para una discusión más amplia.

 

 Hasta aquí de “curarnos en salud”, y valga esta nota aclaratoria como prueba del respeto que siento por los autores, pero también por los lectores.

 

 

 

 Dos concepciones diferentes de la Historia: la realista de Marx, y la idealista de Kant. La gestación de dos tipos de hombres

 

 

  Sería injusto, tanto para el pensamiento de Marx como para el de Kant, intentar una “confrontación” donde sería mejor intentar, si bien no una reconciliación, sí un análisis ubicado en el horizonte reflexivo de cada uno de estos filósofos. Pues es claro que Kant vive y respalda una época –la Ilustración- de la que Marx hará la crítica posterior, en tanto la ilustración es el arribo que la burguesía realiza como “clase” (según la definición marxiana) al poder político, y la constitución de los Estados-nación. Resultaría quizá hasta exhaustivo enumerar las muchas diferencias de concepción y significado que para cada autor tienen términos en apariencia iguales como “sociedad civil” o “Estado”. Estas diferencias pueden desenvolverse más fácilmente si se piensa la diferencia capital que existe en los diversos modos que ambos pensadores tienen de pensar la Historia. Cada una de sus concepciones llevará finalmente a la configuración de dos imágenes distintas del hombre.

 

 

 

 

 Para exponer la tesis de la Historia que sostiene Kant, es necesario primero hablar de su noción de la voluntad humana. Ésta es libre y, si no se le refrena, es hasta destructivamente libre. Las acciones humanas llevadas a cabo en virtud de esta voluntad están, sin embargo, determinadas por la Naturaleza y sus constantes leyes[1]. Ésta Naturaleza es teleológica, actúa de acuerdo a un plan y fin último y preciso, que, respecto a los hombres como sometidos también a sus leyes, consiste en el desarrollo final y perfecto de todas sus disposiciones naturales. Y el desarrollo completo de éstas sólo puede llevarse a cabo por la especie, nunca por el individuo. Pues las disposiciones naturales del hombre apuntan primordialmente al uso de su razón, la cual se desarrolla y perfecciona mediante el aprendizaje. Tomaría un lapso de vida muy largo, del cual carecemos como individuos, para alcanzar la destinada perfección de nuestras disposiciones racionales naturales. Es por eso que sólo la especie, mediante la herencia y transmisión de los conocimientos adquiridos, puede alcanzar dicha perfección. Así, las generaciones anteriores y los individuos que viven en ellas, sufren, se fatigan y sacrifican por las venideras, sin poder nunca disfrutar de los resultados últimos de que éstas disfrutarán, es decir, sin disfrutar del destino final del hombre según lo ha planeado para él la Naturaleza.

 

 


 

 

 

 La Naturaleza, un todo ordenador, externo al individuo, posee leyes inmutables. Bajo una concepción que Marx llamaría críticamente “personalizada”, la Naturaleza es el principio y criterio para juzgar de todas las cosas; la Naturaleza quiere, planea. Y aquello que quiere y planea abarca al hombre y su naturaleza, al destino de los hombres en la configuración de la Historia, e incluso el modo general en que viven los hombres, por ejemplo, padeciendo penurias como el trabajo y el esfuerzo[2]. “Ella” ha querido que sea el antagonismo la forma bajo la cual los hombres desarrollen y acrecienten sus disposiciones y fuerzas. Así, para Kant la insociable sociabilidad del hombre no es sino una fuerza propulsora planeada por la Naturaleza para que mediante la confrontación y oposición, el hombre cumpla su destino: el desarrollo total de sus disposiciones naturales. Pero para que este destino sea cumplido, es necesario que la insociable sociabilidad no exceda su cometido y arroje al hombre a la barbarie.

 

 

 

 El comportamiento del hombre en la constitución de su Historia debe cumplir determinadas tareas: llegar a la conformación exitosa de una Sociedad Civil, ya que lo que ésta permite y posibilita es que se cumpla el telos que la Naturaleza ha planeado para el hombre. La Sociedad Civil es una sociedad donde “se encuentra unida la máxima libertad bajo leyes exteriores con el poder irresistible, es decir, una constitución civil perfectamente justa…”  La Sociedad Civil, este “señor[3]” de los individuos insociablemente sociables, puede funcionar sólo si, a su vez, los diferentes estados se legislan, protegiéndose unos de otros como en el caso de los individuos, según una legal relación exterior entre ellos. Y todo este proceso, si bien es cierto que no está exento de experiencia, se logra fundamentalmente mediante el uso de la razón, mediante ideas e ideales. La Historia, para Kant, es “la ejecución de un secreto plan de la Naturaleza para la realización de una constitución estatal interiormente perfecta…” (p. 57), para que con ello se logre finalmente el telos humano: el desarrollo total de las disposiciones naturales, primordialmente en lo tocante a la razón.

 

 

 

 La visión de Marx de la historia es muy distinta. Los hombres con todo y su otrora libre voluntad, nada pueden para dejar de estar determinados. Sin embargo, en este caso lo determinante no es la Naturaleza ni sus inmutables leyes, sino las condiciones materiales, reales de la existencia, a saber, las fuerzas de producción y los modos de intercambio que una sociedad va desarrollando en virtud de determinados y empíricamente explicables acontecimientos materiales. El hombre es un ente productor, y en su producción manifiesta su modo de ser.[4] Las ideas y representaciones, que manifiestan también los modos del hombre, son producciones que emanan de las condiciones materiales de la existencia y que dependen enteramente de ellas. Bajo la mirada de Marx, se trata de meras “nebulosas”, complejas “sublimaciones”. Las premisas reales de la historia, los hechos históricos, son la producción de la vida material, la creación de nuevas necesidades, la familia y la conciencia que es un producto, una construcción causalmente ligada a ellas.

 

 

 

 La Historia, hecha por los individuos concretos y sin arreglo a plan secreto de la Naturaleza alguno, es la historia de la lucha de clases, es decir, es la historia del antagonismo. Pero a diferencia de Kant, para Marx el antagonismo no responde nunca a un medio ideado por la Naturaleza para cumplir el telos del hombre, sino a relaciones de poder, es decir, de producción, que se dan entre los diversos intereses defendidos por cada clase social para perpetuar su riqueza o sus condiciones de vida. Los Estados políticos no son sino simulaciones de lo común, lo general (abstracciones, que como toda abstracción, no son sino falsas) que interesan sólo a los propietarios del capital y medios de producción. Se trata de superestructuras que tienen como base la economía hasta ese momento desarrollada, pero que cuentan, para hacer valer los intereses de los propietarios, con una ideología. Ésta puede tomar la forma de la filosofía, la religión, la “política”, etc., pero sus pretensiones de verdad, más allá de lo que intente aparentar, responden sólo a la perpetuación de un determinado estado de cosas materiales.

 


 

 

 

 

 Parece sin embargo que para Marx la Historia también tiene su telos. Pero este telos no responde a una intención de la Naturaleza. Podríamos decir que el telos de la historia en Marx corresponde a la implantación del comunismo.

 

 

 

Kant sigue pensando, como hijo de su tiempo, que existe algo como una Naturaleza, cuyas leyes inmutables marcan un curso regular a todos los acontecimientos, incluidas las acciones de los hombres que perfilan la Historia. La Razón se escribe con mayúscula y, en cierto modo, es anterior al hombre, pues es una y determina la razón de los hombres. La realidad misma se ve sometida también a los dictados (o formas) de esta Razón para hacer posible su conocimiento para los hombres. En términos hegelianos podríamos decir que es la consciencia la que determina la realidad. 

 

 

 

 Es bien sabida la inversión que Marx hace de este postulado, afirmando que es al realidad la que determina la consciencia, siendo ésta un mero constructo, una producción humana. Y la realidad para Marx es la realidad material, es decir, la realidad configurada por las condiciones materiales de la existencia. El producir, el modo de hacerlo, los productos y el necesario intercambio entre éstos, constituyen eventualmente formas sociales a tono con dicha realidad material y que, además, reflejan y protegen intereses específicos.

 

 

 

 La crítica de Marx intenta desenmascarar a la filosofía especulativa, derribar los ídolos abstractos que pretenden determinar aquello por lo que, realmente, son determinados. Y el desenmascaramiento le interesa porque lo que se oculta detrás son la justificación y perpetuación de un estado de cosas injusto y perjudicial para el hombre. Pero el hombre del que Marx habla, a diferencia de Kant, no es el hombre de la idea (ideal), el hombre de lo general, sino el hombre concreto, el que con su producir engendra al mundo. Toda formación que pretenda reunir bajo la generalidad a lo concreto, aparece ante la critica de Marx como una superestructura destinada a proteger la propiedad privada. Lo general y lo común no pueden existir hasta que las clases desaparezcan, hasta que desaparezca el trabajo y la división del trabajo. La Historia no debe arreglarse según modelos, pues los modelos tienen la forma de lo general. La Historia la escriben a diario los hombres que trabajan, que producen e intercambian dentro de un determinado marco social y político. 

 

 

 

 Para Kant la Historia está escrita de acuerdo a modelo, el dado por la Naturaleza y sus leyes inmutables. Los hombres responden también a un modelo, el que la Filosofía a dado bajo la idea de hombre. Lo que el hombre deba ser y hacer no queda determinado por las condiciones materiales de la existencia, sino por el ideal previamente planteado con arreglo a lo que dicta la Razón. Y lo que Marx no soporta es que se hable de idea, de Razón, de leyes inmutables, sin hablar antes de las condiciones materiales que las engendran y las soportan. Bajo la perspectiva marxiana, la comunidad ideada por Kant bajo los modelos de las ideas, no puede ser sino una comunidad falsa, como lo es, para Marx, el Estado. Una verdadera comunidad no puede pretender ordenarse según dictados de Razón, según ideas, porque estaría de nuevo respondiendo a la ideología, estaría dejando el estado de cosas perpetuadoras de miseria para la masa de población productora, intacta.

 


 

 

 

 

 Kant jamás habla de los desposeídos, de los condenados al destierro social y cultural, como lo hace Marx. Podríamos decir, que de acuerdo al segundo principio de Idea de una Historia Universal en sentido cosmopolita, Kant consideraría como necesario el sacrificio de unos (el proletariado, para Marx) en beneficio de los otros, y precisamente para que el telos que la Naturaleza ha destinado al hombre pueda cumplirse. Pero esta perspectiva sólo se mantiene si se sigue configurando la realidad de los hombres a partir de ideales abstractos, que poco o nada atienden a la realidad material (única realidad para Marx) que debería fungir como ordenadora de las sociedades.

 

 

 

  La Historia Universal es para Kant universal, precisamente porque todos los hombres y sus formaciones sociales responderían a una constitución que legisla según principios de razón. Esto no quiere decir que una sola constitución gobierna a los diferentes Estados, pero sí quiere decir que una sola idea de justicia (por mencionar una) perfila las leyes que se dan los Estados al interior y al exterior; esto otra vez sirve al telos que la Naturaleza ha destinado al hombre y por ese telos ese derecho queda justificado. Para Marx, el derecho y la política, y podemos decir también que la propia idea de justicia, no son sino “fantasmas cerebrales” en tanto pretendan tener realidad y verdad más allá de las condiciones materiales que les dieron existencia. Como ideología que son, no responden sino a los interreses de una determinada clase social (la única clase social), la de los propietarios.

 

 

 

 Cuando los hombres de los que Kant habla conocen (mediante la continua ilustración, por ejemplo) el telos de la Historia humana, que es universal por estar regida por ideas, deben aceptarla queriendo hacerlo, pues no es un hombre el que ha ordenado así las cosas, sino la Naturaleza. Y si el hombre pretende serlo verdaderamente, es decir, si hace uso de su razón y no obedece ciegamente a sus impulsos, entonces esos principios de los que Kant habla han de parecerle muy sensatos.[5] 

 

 

 

 Los hombres a los que Marx habla están en posibilidad de no creer lo que la idea y lo arreglado según ésta dictan, sino que pueden oponerse (como desde luego también pueden los hombres a los que habla Kant) a un determinado de cosas mediante la acción (concretamente, la acción revolucionaria, fundadora de lo existente), sintiendo esto además como un deber histórico.

 

 

 

 La historia de los hombres, según Kant, parece darse independientemente de las acciones concretas de los mismos. Más bien parece que debe darse en arreglo a determinada ordenación racional. Los hombres deben enfilar sus esfuerzos hacia un determinado telos, que se vuelve determinante.

 

 

 

  Para Marx, la historia de los hombres está determinada por condiciones materiales reales e inobjetables, empíricamente constatables, que, sin embargo, pueden y deben transformarse. Pero pueden y deben transformarse también en relación a un telos. Este telos parece corresponder al comunismo. Aquí, el que haya una especie de finalidad en la Historia, que entonces también es universal (y que además sólo bajo las condiciones de la universalidad puede y debe transformarse al comunismo), no significa que esté determinada por ideas. Significa, como también para Kant, que la Historia sigue un curso regular no de acontecimientos, pero sí de formas; curso que ha de detenerse en un momento, precisamente en ese telos:

 


 

 

 

 

 En Marx, la contradicción se da necesariamente entre las fuerzas de producción y los modos de intercambio (que configuran lo social), cuando en el desarrollo de las diversas fases de la producción (fases históricas), eventualmente las fuerzas de producción rebasan los modos de intercambio; es decir, las relaciones sociales existentes dejan de funcionar adecuadamente con respecto a la producción; las fuerzas de producción rebasan sus modos de intercambio y encuentran en éstos un obstáculo para su desarrollo. Esta contradicción se resuelve siempre con una revolución, llevada a cabo por aquella clase cuyos intereses económicos se ven minados por la añeja e inservible forma de intercambio, distribución, comercio de sus bienes. Y esta contradicción, que se presenta necesariamente en cada nueva fase de producción o fase histórica, es la que justamente conforma la Historia. 

 

 

 

  La Historia tiene así la forma de la contradicción. Sin embargo esto no siempre ha de ser así. Llegará un momento en que este proceso se detenga, en que alcance su telos. Para ello, las condiciones que posibilitan la contradicción, a saber, la acumulación de los medios de producción en unas pocas manos, el modo de propiedad privado; el trabajo de unos para enriquecer a los otros, basado y posibilitado primeramente por la división del trabajo, las ideologías formadoras y sustentadoras de los Estados, que sirven a los intereses de los propietarios, etc.; esas condiciones han de ser derrocadas mediante la revolución comunista. El comunismo, entonces, resulta ser la finalidad de la Historia, más no distada por la razón, sino por los hechos y su lógica que ha de llegar a un punto donde las contradicciones sean tales, que sea imposible que el capitalismo (formación social anterior) siga existiendo.

 

 

 

 Para Kant la Historia tiene también la forma de la contradicción, que él explica en términos de un antagonismo. Pero, a diferencia de Marx, este antagonismo no es producto de condiciones materiales reales de la existencia, de los modos y fuerzas de producción, así como de los modos del intercambio, sino un mecanismo ideado por la Naturaleza para llevar a la humanidad (como especie) al telos de su historia. El antagonismo se da tanto en los individuos como en las colectividades reunidas políticamente en Estados. La máxima libertad (y puede leerse aquí máximo egoísmo) que cada individuo quiere hacer valer, no puede cohabitar con la libertad de otros individuos, que pretenden a su vez ser totales. Debe existir una voluntad general (ya una falsedad, una máscara para Marx) que quebrante la voluntad propia de cada hombre con miras a poder fundar un orden social donde la libertad de cada uno, ya minada (positivamente)[6], pueda convivir con las otras libertades, también minadas. Y esta voluntad general, presentada bajo la forma de una legislación perfecta, posibilita la Sociedad Civil, una sociedad donde las libertades de cada uno habitan en armonía, pues se respeta precisamente la voluntad general que las gobierna a todas. Legar a la constitución de esa Sociedad y de esa legislación, lo mismo dada entre los individuos que entre los Estados, es la más alta tarea de la humanidad como especie (una percepción que para Marx eliminaría el valor de cada individuo en virtud de una sublimación, de una concepción general, abstracta y falsa de los hombres), pues ha de llevarla hacia el telos que la Naturaleza le había destinado: el desarrollo total de todas sus disposiciones naturales.

 

 

 

* Ximena Franco Guzmán (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.">Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.), es egresada de la Facultad de Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), actualmente es docente en nivel bachillerato. 

 

 

 

Referencias bibliográficas:

 

 

 

Kant, Emmanuel. Filosofía de la Historia, FCE, México, 2004

 

Marx, Kart. La ideología Alemana,  Cultura popular, México, 1974

 

 

 

Otras obras:

 

 

 

Sobre Marx:

 

 

 

Badiou, Alain.   El (Re)comienzo del materialismo dialéctico, Pasado y Presente, México, 1979.

 

Korsch, Kart .   La concepción materialista de la historia y otros ensayos, Ariel, Barcelona, 1980

 

Balibar, Etienne. Cinco estudios marxistas sobre materialismo, Laia, Barcelona, 1976

 

Harnecker, Martha. Los conceptos elementales del materialismo histórico, Siglo XXI, México, 1976

 

Löwy, Michael. Dialéctica y revolución: Ensayos de sociología e historia del marxismo, Siglo XXI, México, 1975

 

Antología de materialismo histórico Marx, K., Engels, F., Lenin, I.V., Cultura popular, México, 1975 

 

Schaff, Adam. Marxismo e individuo humano, Grijalbo, México, 1967

 

 

 

Sobre Kant:

 

 

 

Kant, Emmanuel.   La paz perpetua, Tecnos, Madrid, 1985

 

_____________  Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Ariel, Barcelona, 1996

 

_____________  Crítica de la Razón Práctica, FCE, México, 2005

 

Llano Alonso, Fernando H.  El humanismo cosmopolita de Immanuel Kant, Dykinson, Madrid, 2002

 

Arendt, Hannah Conferencias sobre la filosofía política de Kant, Paidos Ibérica, Barcelona, 2003

 

Foucault, Michel  Sobre la Ilustración, Tecnos, Madrid, 2003

 

Cassirer, Ernst Filosofía de la Ilustración, FCE, México, 1975

 

 

 


[1] Eco del problema teológico del libre arbitrio de la voluntad, determinada en su potestad por Dios, que trabaja, entre otros, San Agustín.

 

[2] “La Naturaleza quiere….que se entregue al trabajo y al penoso esfuerzo para, por fin, encontrar los medios que le libren sagazmente de esa situación.” (p. 48)

 

[3] Kant afirma que en tanto el hombre habita en sociedad con otros hombres necesita siempre de un señor “que le quebrante su propia voluntad y le obligue a obedecer a una voluntad valedera para todos, para que cada cual pueda ser libre.” (p. 51)

 

[4] “Tal y como los individuos manifiestan su vida, así son. Lo que son coincide, por consiguiente, con su producción.” (p. 19)

 

[5] Esto no quiere decir que  baste presentar un problema como resuelto por los dictados y según la razón, para que la solución dada sea acríticamente aceptada. Y no podría Kant creer esto, siendo, como era, un ilustrado, para quien los prejuicios y la tutela de razón no eran sino defectos del hombre. Sin embargo, Kant argumenta ordenadamente para dar solución al problema planteado por él, y así podemos decir que al menos pretende que la razón ( pues los ejemplos históricos concretos apenas si aparecen para fortalecer el argumento con pretensiones empíricas) por sí sola pueda resolverlo.

 

[6] Este “positivamente” se entiende en dos sentidos, ambos capaces de explicar la idea kantiana: positivamente en el sentido de derecho, es decir, la voluntad máxima que cada individuo desearía implantar si no se le presentara un freno, encuentra este freno en una legislación que ordena las diversas libertades de modo que éstas puedan convivir en un mismo espacio social. Y la convivencia dentro de lo social es la única manera en que el hombre puede desarrollar sus disposiciones naturales racionales, lo cual explica el segundo sentido de “positivamente”.