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2 de noviembre de 2011
Masca la Iguana
Alarma, alármala de tos, uno dos tres, patada y coz Botellita de Jerez.
La fecha de la propia muerte es quizá el dato que muy pocos quisieran conocer. Quienes lo tienen claro son los condenados por la ley a perecer y eso, quien sabe, porque una llamada de último minuto puede prolongar su existir físico y, muchos pueden decir, su agonía psicológica. Pero la gran ley de la vida a todos nos aplica el ciclo, tarde que temprano hemos de morir llevando como dice la canción, “la misma vestidura”.
El consumo por la muerte tiene, como en todo, niveles. Miles de periódicos en el mundo han hecho de los cadáveres sus gráficos más posicionados entre los adictos al necrófilo gusto, fenómeno que tiene tantas aristas como tantas formas de muerte hay, evitando reflexionar públicamente el tema cuando podría ser interesante asumir públicamente su estrategia. Ahora sí, como dice el dicho “se espantan del muerto, pero bien que se abrazan a él”, pero es comprensible su postura. Los impresos que se han asumido como ventanas por donde asomar nuestro morbo tienen de los más altos tirajes, en la región de la cuenca no hay perder de vista “al piñero de la cuenca” y la cantidad de visitas en la red que ha logrado y la forma en como las personas salen a pedir un ejemplar cuando la característica voz anuncia a los cuatro vientos sus noticias sobre los hechos violentos.
El primer ejemplar de la revista “Alarma” que conocí siendo niño, fue el ejemplar que diera cobertura a las regenteadoras guanajuantenses, oriundas de San Francisco del Rincón y cuya historia se llevara al cine con el mismo nombre con el que eran conocidas “las poquianchis”. La revista en cuestión se encontraba en casa de un familiar y mis padres, al ver que la había tomado para comenzar a hojearla me pidieron que la soltara haciendo significativa esta acción. Hoy a sus nietos no pueden ordenarles que no vean escenas de muertos, sino que aprendan a elegir lo que viene a formar parte de su cultura visual. Sí, las cosas han cambiado, más no la muerte que es la misma de siempre.
En todo hay niveles, por ello aunque en los altares se colocan fotos de los difuntos, la intención que se busca provocar al verlas y la intención con la que se muestran es distinta a lo señalado anteriormente, aunque se trate del mismo fenómeno. La muerte y su acercamiento consciente a ella es ya una profesión del cual cada día existen más ofertantes, los encontramos en los hospitales acercándose a platicar con los familiares de los enfermos terminales y si se puede, con los enfermos. No es aún un servicio obligatorio que den los nosocomios o forme parte de una práctica ordenada por la política que en materia de salud tenemos en México, sino que es una opción que algunos nosocomios ofrecen para incrementar y cuidar la calidad de vida de sus usuarios. La tanatología y su creciente desarrollo llegará a un nivel, el cual espero sea pronto, en que se estudie en los sistemas educativos formales del país.
La muerte respira con nuestros pulmones y paciente espera lo que nos queda es como siempre, la elección del cómo vivir. La iguana que lee un libro de tanatología está resolviendo algunos asuntos por si en cualquier momento se cae de la rama y hambriento la captura para gozo de su casa. Me dice que eso de la muerte es una cosa grande mientras mueve su cabeza y sus ojos matan cada línea que devora, luego me mira fijamente y con asombro exclama ¡te vas a morir! mientras se acomoda la cola para comenzar un diálogo…

*Director del Instituto Cultural de Información del Sotavento Oaxaqueño, INCISO.
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