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El Sastre   

- ANGAS O MANGAS -

Eso de la cantada de ayer tuvo sus graves consecuencias. Les dije que mi mujer entre canción y canción me abrazaba y se me arrimaba, cosa que hace 50 años era el pan de día, pero a nuestra edad pues como se le va perdiendo la costumbre, que no el gusto.

 

-          Viejitoraboverde, ¿te acuerdas cuando nos conocimos?

-          Oye eso suena  al comercial. Y de acordarme, bueno pues más o menos.

-          Eras bien baboso, ¿si te acuerdas?

-          No, como me voy a recordar así, yo me recuerdo inteligente y valiente, no por nada te robé apenas vi la oportunidad

-          Sí pero lo inteligente y valiente no te quita lo baboso….es más, ni los años te lo han podido quitar. Pero te voy a decir un secreto ahora ya de vieja, ¿quieres?

-          Como no sea que me pusiste el cuerno varias veces todo esta bien

-          Pues ganas y oportunidades nunca me faltaron, pero nunca quise, pa’que más que la verdad, tú me llenabas…¡bueno, hacías lo que se podía y yo me conformaba!

-          ¡Qué bruta eres mujer! ¿no puedes hablar seriamente una vez? Le quitas el romanticismo a la plática

-          ¿Y quién te dijo que estoy romántica?¿Acaso crees que porque me tienes recostada en tu pecho pellejudo ya te vas a comer a la paloma? ¡hasta crees!,¡más merezco!

Cuando era un chamaco mi abuelo, que un hombre de muy pocas palabras y mucho trabajo, regresando de pescar me jaló pa’que le ayudara a sacar las redes. Tenía como 8 años y él como 50. Su rostro moreno de marcadas arrugas era coronado por una cabellera rizada que dejaba ver su origen africano, como él mismo me decía. Esa ocasión me dijo:

-          Mira mi’jo las mujeres son como las redes. ¿Entiendes?

-          No abuelo, no entiendo

-          ¡Ah pues que pendejo eres entonces!  (y dio por terminado el diálogo, así de pocas palabras era mi abuelo)

Cuando me robé a mi mujer tenía 17 años y ella 15. Llegué a la casa de mi abuelo porque sabía que él me ayudaría en el caso de que mis cuñados llegaran con el machete en la mano. Cuando me vio venir con la mujer en las ancas de su yegua, dejó de partir la leña y no’más se me quedó mirando todo lo que hacía.

-          Abuelo, me da usted permiso de quedarme en su casa, ahí en el rincón, no haremos ruido ni daremos problemas.

-          ¿Cómo te llamas chamaca?

-          Aurora

-          ¿Sabes echar tortilla?

-          No

-          ¿Sabes trabajar el campo?

-          No

-          Mta’madre, ¿sabes platicar con mi nieto?

-          Sí señor, lo quiero mucho y platicamos mucho

-          Ta’güeno , al menos platicas. Pásense pues y coman que hay caldo de pescao.

Recuerdo a la perfección esa escena. Dos días después, estando pescando, mi abuelo me dijo:

-          Las mujeres son como las redes y esta te pescó con su palabra, ¿entiendes?

-          Pues más o menos abuelo

-          Pues más o menos eres pendejo, pero está bien, cuídala.

Mi abuelo murió en el río, ahí pescando. Ya era un hombre y teníamos tres hijos para ese entonces. Como yo sabía por dónde se iba, me tocó buscarlo. Lo encontré recostado, le dio un paro, de suerte no se fue al río porque nunca lo hubiéramos encontrado.

Mi vieja le agarró mucho cariño al abuelo. Platicaban mucho porque mi abuelo soltó la lengua ya al final.

-          Viejitoraboverde, ¿no quieras que te diga mi secreto?

-          No, porque todo lo sé de ti.

-          A ver, ¿adivina que estoy pensando mientras me tienes así, recostada en tu pecho pellejudo?

-          Mmmmm , ¡que soy una almohada muy vieja pero sabrosa!

-          No

-          Tons no sé

-          Pues te pareces mucho a tu abuelo. Y unas semanas antes de que muriera, t’abamos platicando cuando me miró y me dijo: Aurora, nunca dejes de platicar con mi nieto, porque si no se los va a llevar la madre.

-          Ahhh, pero dijo platicar, no que te la pases ofendiéndome

-          Yo platico como se me hincha la gana, que para eso soy tu vieja, y además esa es mi red

-          Cómo que tu red (dije todo sorprendido mientras acariciaba las canas de mi vieja)

-          Pues ya ves

Por angas o mangas eso del amor a la tercera edad, como  está de moda decirnos a los viejos, se transforma de mil formas. Mi abuelo era un cabrón, porque sabía que un placer de los viejos es platicar, y también porque sabía que las mujeres son como las redes. Tarde, pero lo entendí.

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